El malentendido de la descentralización
1. Un problema sin nombre preciso
Algunas tardes, en una plaza cualquiera, empieza a juntarse gente que no se conoce. Caminan despacio, miran el teléfono, se detienen en las mismas tres esquinas. Nadie del barrio convocó esa reunión. La convocó, de hecho, una empresa que no es dueña de un solo metro de esa plaza y que decidió, desde otra ciudad y a veces desde otro país, que esas tres esquinas importaban. Entre las personas que van, se ha ido formando un saber del territorio, qué esquina a qué hora, qué recorrido conviene, que vive mitad en un grupo de mensajería y mitad en los servidores de la empresa. Volveremos a esa plaza. Conviene retenerla.
Si alguien pregunta quién gobierna esa plaza en ese momento, todas las respuestas disponibles fallan. Es espacio público, pero el municipio no eligió las esquinas. Es un producto privado, pero el producto necesita una plaza que no le pertenece. Es una comunidad, pero la comunidad no puede cambiar ni una de las reglas que la ordenan.
Esa clase de relación, varios actores que comparten un recurso o un flujo, cada uno dependiendo de los demás, ninguno del todo a cargo, está en más lugares de los que parece cuando se la empieza a mirar. Un sistema de riego, un fondo de capacitación que reparte subsidios, una wiki, un sindicato, un pueblo entero. Y las palabras habituales la explican mal. «Público» y «privado» parten el mundo en dos, y esto no entra entero en ninguna de las dos mitades. «Blockchain», «tokenización», «DAO» y «DeFi» nombran tecnologías, no relaciones, y llegan casi siempre con la promesa de que la tecnología ya resolvió el asunto.
RUC-D, Recursos Únicos Compartidos Descentralizados, es un intento de darle a esa clase de relación un nombre lo bastante preciso como para estudiarla. Su tesis puede enunciarse antes que cualquier ejemplo: es una propuesta de diseño institucional, y un programa de investigación en formación, para describir relaciones verificables entre actores que comparten un recurso o un flujo. Hace explícitos los derechos, las reglas, las autoridades, las interdependencias y las pruebas que permiten repartir la coordinación sin suponer que la institución deba desaparecer ni que una tecnología determinada vaya a resolver el problema por su cuenta.
Dicho en una sola frase, para tenerla a mano durante el resto del texto:
Descentralizar no significa prescindir de las instituciones. Puede significar que una relación ocurra de manera más directa sin perder autorización, reglas, responsabilidad ni prueba.
2. Ostrom: una tercera salida
En 1968, en la revista Science, el ecólogo Garrett Hardin publicó una parábola que se volvió una de las más citadas del siglo. Un pastizal abierto a todos. Cada pastor, actuando con sensatez individual, agrega una vaca más. La suma de decisiones sensatas destruye el pastizal. La lección que muchos sacaron fue tajante: un recurso compartido con acceso libre termina arruinado, así que hay que entregárselo a un dueño privado o al Estado. Durante décadas ese fue el menú completo.
Elinor Ostrom (1933-2012) dedicó una carrera a mostrar que el menú tenía un tercer plato. Era politóloga. En 2009 compartió el Premio Nobel de Economía por ese trabajo. Su método no fue una teoría más grande sino trabajo de campo: pueblos suizos que llevaban siglos administrando pastos y bosques de montaña con reglas propias, comunidades de regantes en España con un tribunal del agua más antiguo que el Estado moderno, sistemas de canales construidos y mantenidos por los propios campesinos en Filipinas, pescadores de bajura en Turquía que se repartían los puntos de pesca por sorteo, y cuencas de agua subterránea en California donde usuarios que competían entre sí redactaron sus propios acuerdos de reparto. Ninguno de esos sistemas era del todo privado, y ninguno estaba dirigido por una autoridad central. Eran duraderos, y estaban gobernados: por la gente que los usaba.
Conviene una pausa técnica, porque acá está el error más frecuente. Para comparar casos así hay que hacerse dos preguntas por separado, y juntarlas en una sola es lo que arruina el análisis. Primera: ¿el uso de una unidad por un actor reduce lo que queda para otro? Un pez capturado no lo captura nadie más. Un artículo leído sigue entero para el lector siguiente. Segunda: ¿cuánto cuesta impedir que alguien acceda? Cercar un banco de pesca oceánico es casi imposible. Una contraseña no cuesta nada. Un recurso de uso común, RUC, en el castellano del proyecto, ocupa una sola casilla de ese cruce: sustracción alta, exclusión cara. Pastos, acuíferos, pesquerías.
Ostrom también catalogó lo que los sistemas duraderos tenían en común:
- fronteras definidas
- reglas ajustadas a las condiciones locales
- una vía para que las personas afectadas por una regla participen en cambiarla
- supervisión a cargo de los propios usuarios o de alguien que les rinde cuentas
- sanciones graduadas
- resolución de conflictos rápida y barata
- autoridades externas que no anulan los arreglos locales.
Es tentador leer esa lista como una planilla de certificación: seis de ocho significaría que el sistema está bien gobernado. Ostrom pasó sus últimos años advirtiendo contra exactamente eso. La lista describe regularidades observadas después de los hechos. No es un certificado. Usada como planilla, se convierte en la «panacea» contra la que argumentó toda su vida: la idea de que una misma receta institucional sirve para contextos distintos.
Falta una pieza más, porque RUC-D se apoya en ella. La propiedad, en esta tradición, no es una cosa que se tiene o no se tiene. Es un haz de derechos separables, entrar, extraer, gestionar, excluir a otros, y vender esa autoridad, que puede repartirse entre actores distintos. Alguien puede tener derecho a extraer y ninguno a decidir las reglas. Otro puede decidir las reglas sin extraer nunca nada. Muchos de los sistemas que duraron estaban gobernados por actores que podían gestionar y excluir pero no podían vender ese poder. Lo cual desmiente, de paso, un argumento común: que sin propiedad plena y transferible no hay incentivo para cuidar nada.
3. La transformación de Francisco
RUC-D es de Francisco Toro. Llegó a la tradición de Ostrom como sociólogo e hizo con ella lo que hace una buena paráfrasis: conservó el motor y cambió el vehículo. La familia de preguntas se mantiene: cooperación, reglas, interdependencia, quién provee y quién se apropia del valor. El objeto se amplía.
Ostrom construyó su marco sobre recursos sustraíbles y difíciles de cercar: pastos, agua, peces. Francisco lo apunta hacia algo más amplio: sistemas compartidos de relaciones, asociativas, digitales, institucionales, donde el recurso puede ser un flujo más que un stock, donde la coordinación puede correr por infraestructura descentralizada en vez de una asamblea de aldea, y donde no todos los casos son un recurso de uso común en sentido técnico. La distinción está pensada y el proyecto la mantiene a la vista:
RUC-D nace de una paráfrasis creadora de los recursos de uso común de Ostrom. Conserva su pregunta por la cooperación, las reglas y la interdependencia, pero amplía el objeto hacia recursos únicos compartidos cuyas relaciones pueden organizarse mediante infraestructuras descentralizadas. No todo RUC-D es un recurso de uso común en sentido técnico, aunque ambos pertenezcan a la misma genealogía intelectual.
La misma familia de preguntas, un objeto nuevo y más amplio.
El «único», la U de la sigla, es la parte que es de Francisco y no de Ostrom. No quiere decir raro. Nombra un universo o sistema reconocible y delimitado de relaciones, reglas y valor compartido: algo que se puede señalar y decir dónde termina. Sus unidades pueden ser singulares, diferenciadas, finitas o escasas por diseño. Esa última expresión importa. En un lago, la escasez es un hecho del mundo. En un juego, la criatura «rara» es escasa porque una línea de código lo dice, y la línea la reescribe quien la escribió. RUC-D insiste en distinguir esas dos escaseces, porque tratar una escasez de diseño como si fuera natural importa una tragedia que no está ahí: el recurso lo crea y lo destruye un solo actor a voluntad.
La ficción es un buen lugar para pensar esto, justamente porque no hay nada material en juego. Un mundo de criaturas coleccionables permite examinar qué le hace el «único» a un sistema compartido sin fingir que las criaturas son peces. Más adelante seguiremos a esas criaturas en una plaza real, donde el límite entre escasez natural y escasez programada se vuelve visible.
4. Un programa de investigación en formación
Haga lo que haga este ensayo, no debería afirmar que RUC-D ya es una disciplina consolidada. No lo es. Es un programa de investigación que apenas empieza a constituirse, después de años de trabajo compartido entre Francisco Toro y Andrés Peña.
«Programa de investigación» es una expresión exigente. Para merecerla, RUC-D tiene que poder declarar, frente a cualquier caso que tome:
- el objeto y su escala
- el recurso o flujo, y sus unidades
- los actores y cómo dependen unos de otros
- los derechos y las obligaciones de cada uno
- las reglas formales y las reglas que efectivamente operan
- las autoridades, las afirmaciones, las atestaciones y qué puede probarse
- la infraestructura y dónde se termina
- las condiciones que sostendrían, corregirían o refutarían una hipótesis dada.
Ese último punto es el que separa un programa de un argumento de venta. Un argumento de venta no puede decir qué lo dejaría en falso. RUC-D tiene que poder. Y el resultado negativo cuenta: un caso puede terminar mostrando que RUC-D no aplica, o que aplica solo a una capa del sistema. En este programa eso es un hallazgo, no un fracaso. La frontera de un marco solo se traza con los casos que caen afuera.
5. Anatomía de un RUC-D
Antes de cualquier caso, el marco hace las mismas preguntas en el mismo orden.
El recurso o el flujo. Qué se comparte, y cuáles son sus unidades. Un stock que genera unidades , un acervo de conocimiento, un fondo, un espacio físico, un circuito de certificación, se comporta distinto de las unidades que se sacan de él. Y el análisis se hace capa por capa, nunca sobre el sistema entero: casi cualquier sistema real superpone un espacio físico, una infraestructura técnica, un cuerpo de conocimiento coproducido y objetos internos cuya escasez está diseñada. Cada capa se clasifica por su cuenta. Una conclusión que dice «esto es un común» sin decir qué partes no lo son está incompleta.
Los actores y sus interdependencias. Quién accede, quién usa, quién provee, quién valida, quién puede excluir, quién puede cambiar las reglas. Tres papeles que se confunden con facilidad: el que se apropia (extrae unidades), el que provee (organiza y financia el sistema) y el que produce (lo construye y lo mantiene). Un mismo actor puede ocupar los tres o ninguno. La pregunta que decide es si quienes producen el valor de una capa son los mismos que se lo apropian.
Los derechos. Se mapean actor por actor, con el haz completo: acceso, extracción, gestión, exclusión, alienación. Lo que define el carácter de un sistema no es quién lo usa sino quién tiene gestión y exclusión. Y un derecho que otro actor puede revocar por su cuenta, sin proceso ni apelación, no es un derecho: es un permiso. Escribir «permiso» donde la etiqueta decía «derecho» suele cambiar el cuadro entero.
Las reglas, las escritas y las efectivas. Las reglas formales y las reglas en uso no siempre coinciden, y donde difieren, las que valen son las que se usan. Una regla implementada en código no es automáticamente una regla que los participantes construyeron y sostienen. Puede cumplir la letra de un principio sin su mecanismo.
La autoridad, las afirmaciones y las pruebas. De dónde viene la autoridad, quién la delega, quién puede revocarla. Qué puede afirmar cada actor, quién está autorizado para atestiguar un hecho del mundo, y qué se puede probar de verdad frente a lo que solo se afirma.
La infraestructura y sus límites. Qué parte de la coordinación todavía necesita un tercero de confianza, qué parte puede verificarse de forma distribuida, y qué límites técnicos, jurídicos y organizacionales quedan en pie.
De ese mapa se deriva el régimen. No se declara. Si el mapa de derechos contradice la etiqueta con que el sistema se nombra a sí mismo, gana el mapa, y la contradicción pasa a ser parte del hallazgo.
6. Pokémon GO, hilo conductor
Volvamos a la plaza. Son las cinco de la tarde de un jueves cualquiera. En tres esquinas que alguien marcó en otro país, empieza a juntarse gente que no se conoce. Caminan mirando el teléfono, se saludan con un gesto breve, esperan. Nada de eso lo convocó el municipio ni el barrio. Lo convocó un juego. Y esa es toda la escena: una plaza pública usada por un sistema que no es dueño de la plaza, una comunidad que se encuentra gracias a ese sistema, y un operador que decide desde lejos qué vale y qué no.
A las cinco y diez, algunos buscan una criatura brillante. No aparece. Otros la encontraron ayer en la misma esquina. La diferencia no está en el esfuerzo ni en el conocimiento del territorio. Está en un número que el operador fija: cuántos brillantes hay, cuándo y para quién. La escasez que organiza la conducta no viene del mundo. Viene de una línea de código. Alguien la escribe y puede reescribirla. La mayoría de los eventos, de las apariciones y de las ventanas de oportunidad funcionan igual. El juego mueve a la gente por el espacio público sin tener ningún derecho sobre ese espacio. El municipio y los vecinos lo mantienen. El operador solo coloca coordenadas y la multitud se desplaza.
A las cinco y media, dos amigos hablan en voz baja. Uno necesita una criatura específica para una quest y el otro la tiene. Quisieran hacer algo sencillo: prestarla para ese torneo, para esa campaña, devolverla después, y que quien presta reciba algo a cambio, sea valor económico, reconocimiento, prestigio o simplemente un gracias que pese en el sistema. No se puede. El intercambio, cuando existe, es definitivo y limitado. El préstamo temporal con retorno y contraprestación no tiene lugar. La relación queda corta justo donde podría volverse cooperativa.
Un poco más allá, alguien con una consola portátil hace algo que todos conocen. Conecta su dispositivo para que decenas de personas puedan participar de una quest que exige esa conexión. No cobra, no recibe nada del sistema. La gente le da las gracias y sigue. Esa persona sostiene una parte de la experiencia colectiva con su tiempo y su aparato, y el sistema la registra como anécdota, no como aporte. Sentirse bien por ayudar no alcanza para que ese esfuerzo se mantenga. Sin una regla que lo reconozca, lo que hoy es generosidad mañana puede no estar.
Mientras caminan, dejan otra cosa. Cada recorrido, cada parada, cada corrección de un mapa alimenta un saber territorial que también vale. Parte de ese saber queda en los chats y en las wikis de la comunidad, donde la comunidad decide. Otra parte queda en los servidores del operador, donde quienes caminaron no tienen más que un permiso que otro puede revocar. Los que producen esa capa no son los que pueden gestionar sus reglas. Es una asimetría simple de ver cuando se la sigue a pie: unos ponen el territorio y otros fijan cómo se usa.
A las seis y media todos lo saben aunque nadie lo diga en voz alta. El juego vive en servidores centralizados. Si la empresa decide apagarlo, nada de lo acumulado es de los jugadores en un sentido que sobreviva a esa decisión. No hay custodia propia de criaturas, ni de historial, ni de vínculos. Se juega mucho, pero no se es dueño de casi nada.
Y sin embargo, esa misma tarde deja una ganancia que no pasa por el servidor. La gente salió a la calle, caminó más de lo habitual, conversó con desconocidos, hizo una vida social que no habría ocurrido en su casa. Esa vida fuera de la casa mejora la salud, crea tejido asociativo y deja una ciudad un poco más habitada. El operador no la provee, pero existe gracias al encuentro que el juego posibilita.
Leído así, el caso no necesita jerga para entenderse. En lenguaje de RUC-D, lo que se vio fue una escasez decidida por quien escribe el código, derechos incompletos para prestar y cuidar, un aporte que no recibe contraparte, un conocimiento coproducido que se concentra en otro, y un sistema cuya continuidad depende de un solo operador. Visto por capas, el espacio público es lo único que se parece a un recurso de uso común en sentido estricto. Las criaturas son un bien de club con escasez programada. El marco no esconde esa diferencia. La anota.
Ahora, con cuidado: nada de lo anterior es un veredicto sobre el juego tal como está hoy. Describe cómo RUC-D mira un sistema con esta forma. Cualquier afirmación sobre su funcionamiento actual tendría que verificarse contra fuentes vigentes antes de escribirse como hecho. Lo que sigue es otra cosa, y conviene no mezclarlo. Es un prototipo normativo, una imagen de cómo podría verse un sistema así si repartiera más derechos y más coordinación, y vale solo por contraste con el presente.
Un Pokémon GO más cercano a RUC-D permitiría prestar una criatura para una quest y devolverla después con un reconocimiento que pese, sea económico, social o simbólico. Dejaría que la comunidad organice sus propias excursiones y batallas, y que los jugadores locales cuiden y administren los puntos cercanos. Transparentaría cuán raras son de verdad las criaturas más buscadas, en vez de mantener el misterio. Registraría las contribuciones, incluidas las de quien conecta su consola para cientos, como aportes con contraparte. Y ofrecería intercambios más directos entre jugadores. La empresa podría conservar su propiedad intelectual y todas las funciones legítimas que cumple. RUC-D no pide que el operador desaparezca. Pregunta qué capas podrían distribuir derechos y coordinación, y qué se ganaría si lo hicieran.
Sistema observado, lectura del marco y prototipo deseable quedan así en tres planos distintos. Esa separación se mantiene a propósito. Cuando se colapsa, una propuesta empieza a leerse como si fuera evidencia.
7. Gobernanza, autoridad y economía opcional
RUC-D pregunta quién gobierna un recurso o flujo, qué derechos tiene cada actor y quién se apropia del valor. Un análisis de autoridad verificable pregunta otra cosa: quién está autorizado para hacer cada afirmación, qué evidencia la respalda y quién puede comprobarla. Las preguntas se relacionan, pero una respuesta no sustituye a la otra.
Un registro puede mostrar que alguien hizo una afirmación o que ciertos datos quedaron asentados. No demuestra por sí solo que el hecho afirmado ocurrió. Para sostener un hecho del mundo hace falta un observador autorizado y un método acorde al caso. Verificar no exige hacer públicos todos los datos: puede comprobarse una propiedad sin revelar información sensible. Las personas y las instituciones son actores. Una dirección criptográfica no es una persona ni revela por sí sola cuántas personas la controlan.
Las capacidades y las autoridades se nombran por actor: quién puede proponer, aprobar, atestiguar, emitir, verificar, ejecutar o cambiar una regla. La infraestructura se elige después, según los requisitos del dominio institucional. Una prueba útil pregunta qué conservarían las personas participantes si el operador desapareciera: sus derechos, vínculos, permisos e historia. Si todo dependiera de ese operador, la continuidad no estaría resuelta.
Una institución puede autorizar un traspaso más directo y conservar la propiedad, las reglas y la autoridad sobre el recurso. Un registro verificable puede mostrar que el traspaso ocurrió según el mecanismo definido. No cambia quién posee cada derecho. La coordinación y la evidencia son asuntos distintos.
Un diseño hipotético de verificación de grabaciones podría combinar un testigo durante la transmisión, una huella digital y metadatos, varias firmas y un reconocimiento notarial final. Cada capa respondería por una afirmación concreta. Sería una prueba de concepto, no una garantía de validez legal, inimpugnabilidad ni ausencia de manipulación. Añadir capas documenta responsabilidades. No vuelve cierta una hipótesis.
Un token es opcional. Si un caso incluye credenciales o flujos de valor, hay que distinguir:
- el valor simbólico de la credencial y lo que señala
- la posibilidad técnica de verificar su autenticidad
- un posible valor económico, si existe
- la liquidez del sistema y sus problemas de caja
- los derechos y riesgos de las personas titulares
- la gobernanza y la regulación del arreglo.
Ninguna dimensión prueba las demás. Una herramienta blockchain que verifica una credencial demuestra una capacidad técnica acotada. Por sí sola no demuestra descentralización institucional, validez regulatoria, liquidez, derechos de gobernanza ni que el caso sea un RUC-D. Cada pregunta requiere su propia investigación.
Los mecanismos asociados a DeFi se examinan según el problema concreto que podrían resolver:
- una credencial tokenizada o un NFT permite preguntar por unicidad, procedencia y verificabilidad
- un contrato inteligente ejecuta una condición: algo ocurre solo si otra cosa es cierta
- el staking compromete temporalmente un recurso o un derecho bajo ciertas reglas
- la liquidez responde a un posible desfase entre el dinero que se debe y el disponible
- el yield farming permite comparar incentivos, no promete rentabilidad
- un token de gobernanza puede representar derechos, pero no prueba por sí solo una participación legítima.
Tokenomics, cuando hay un problema económico que la justifica, es el diseño de emisión, asignación, incentivos, restricciones, usos, beneficios y riesgos. No significa «lanzar una criptomoneda». Se decide al final: después de definir la relación institucional, el recurso o flujo, los actores, los derechos y las reglas, y de precisar qué se puede probar y quién puede hacerlo.
8. Las DAOs como casos de estudio
Las DAOs, organizaciones autónomas descentralizadas, no son evidencia de RUC-D. Son de los mejores objetos disponibles para estudiar una cosa concreta: qué pasa cuando las reglas de elección colectiva están escritas de forma explícita, en código.
En un pastizal alpino, si los usuarios pueden de verdad cambiar las reglas es algo que hay que inferir. En una DAO, la regla de votación está a la vista. Eso las vuelve un lugar natural para probar si una regla en código es una regla en uso, y qué relación hay entre el derecho formal a votar y el control efectivo.
La pregunta central que RUC-D le pondría a cualquiera de ellas:
¿Cuándo las reglas de votación programadas conceden derechos efectivos de gestión, y cuándo producen solamente una apariencia formal de participación?
Y lo que miraría, sobre una ventana temporal declarada:
- quién fija la agenda y quién puede proponer
- cuántos votantes distintos hay, cuántos se repiten y cómo se distribuye el poder de voto
- qué coaliciones ganan de verdad y qué tan concentrados están los receptores de la tesorería
- las relaciones entre proponentes, votantes dominantes y receptores
- la capacidad real de ejecutar, vetar y cambiar las reglas
- la divergencia entre el voto formal y la gestión efectiva.
De ahí, RUC-D puede operacionalizar estados, plutocracia, centralización de agenda, centralización de ejecución, centralización distributiva, descentralización formal, descentralización efectiva, gobernanza capturada. Ninguna de esas etiquetas se aplica a una DAO entera. Se aplica a una capa, sobre una dimensión, en una ventana de tiempo. Polkadot, Mantle, PizzaDAO y VitaDAO son la clase de candidatos que el programa estudiaría, y los estudiaría como cuatro cosas separadas, no como una categoría homogénea con un veredicto común.
9. Límites
Un ensayo que defendiera RUC-D sin decir dónde se detiene estaría vendiendo algo. Las cautelas van dentro del argumento. Se reúnen acá solo porque el texto está terminando.
Un prototipo no es evidencia. Una prueba de concepto que funciona muestra que algo puede construirse. No muestra que funcione a escala, que se adopte, ni que produzca los efectos institucionales que sus diseñadores esperan. En un diseño hipotético, una composición de capas podría documentarse. Eso no demostraría nada sobre resultados judiciales.
Un voto no es poder. Un derecho formal a votar puede convivir con ningún derecho efectivo a gestionar nada. Si la gobernanza es real es una pregunta sobre quién puede ejecutar, vetar y reescribir las reglas, no sobre si existe una papeleta.
Blockchain no garantiza descentralización. Correr la gobernanza on-chain prueba que una transacción ocurrió, no que la autoridad esté repartida. Un sistema puede poner todas sus reglas en código y seguir gobernado de forma unilateral por quien puede cambiar el código.
Una afirmación no es una verdad, la coproducción no es propiedad común, y una escasez de diseño no es una escasez material. Cada uno de esos pares es un lugar donde la lectura intuitiva y la lectura cuidadosa se separan, y RUC-D existe en parte para mantenerlos separados.
Una etiqueta no describe un sistema. «De la comunidad», «público», «descentralizado»: ninguna sobrevive al contacto con el mapa de derechos si el mapa dice otra cosa.
10. Cierre
Se está construyendo algo que todavía no tiene forma fija. Tiene un marco fundacional, un cuerpo de casos codificados y a medio codificar, y un conjunto de preguntas lo bastante precisas como para que un caso pueda no pasarlas. Lo que no tiene son resultados, y la versión honesta de este ensayo lo dice.
Lo que RUC-D le ofrece hoy a quien lo lee no es una respuesta sino una manera de mirar. Apuntada a un sistema donde varios actores comparten un recurso o un flujo, obliga a nombrar las capas, a mapear los derechos actor por actor, a distinguir las reglas escritas de las que operan, y a preguntar quién provee qué y quién toma qué. A veces la respuesta será que el marco no aplica. Está permitido, y es útil.
La invitación, entonces, es a imaginar casos nuevos, y a sostener, mientras se los imagina, la disciplina que el marco pide: una propuesta no es evidencia, un diseño no es un hallazgo, y el momento en que un caso se pone interesante suele ser el momento de contrastarlo contra algo real. El trabajo de convertir años de pensamiento compartido en una ciencia recién empieza. Se hará, si se hace, un caso codificado a la vez.
